En 1984 el articulista A.K. Dewney en su columna Computer Recreations en la revista Scientific Americain revelaba que se estaba trabajando en los laboratorios BELL de la AT&T en un juego de alta tecnología desarrollado por los investigadores de inteligencia artificial. En ese juego denominado Core Wars dos programas hostiles, escritos en un lenguaje seudo-ensamblador, dotados con capacidad para crecer en la memoria, lucharían por establecer su dominio eliminando al otro. Pero sería el doctor Fred Cohen, considerado el primer autor declarado de un virus informático bautizado con el nombre Lehigh, quien ese mismo año define el término y establece los paralelismos entre los virus informáticos y los biológicos. En ambos casos y en sus extremos más paradójicos destruyen el organismo que precisamente les permite vivir. Y comparten capacidad autoreplicante, de infectar otras máquinas mediante intercambio de material infectado, de mutarse y permanecer en latencia en el organismo que infectan. Pero no olvidemos que un virus informático es lenguaje de programación, ensamblado para activarse, texto activado, código de máquina, que cuando infecta el sistema altera el normal funcionamiento del mismo.
En los espacios de control y exterminio del complejo militar científico se encuentran los orígenes del fenómeno virológico, programas residentes en memoria, al acecho, dispuestos a aniquilarse, juegos de guerra nuclear, de destrucción. El salto de los virus de la industria militar al mercado propició un floreciente negocio y contribuyó a crear una orbita de miedo, un estado de terror. Para incrementar la seguridad a riesgo de conculcar derechos y cuestionar la libertad es preciso construir enemigos y que ese enemigo confíe realmente en su papel aniquilador, como sucede con muchos activistas ciber-románticos que mantienen estrategias de amenaza al sistema, fiando los esfuerzos en su capacidad para conquistar un territorio de catástrofe virtual, un colapso del organismo. Por ello, y en algunos casos, los códigos responden a pronunciamientos políticos y a su carga destructiva añaden componentes reivindicativos.
No existen creadores de organismos infecciosos fuera de las estructuras militares capaces de activar los códigos de la destrucción. Pero el interés vírico informático no reside tanto en sus desplazamientos destructivos como en sus componentes comunicativos y de transferencia, de integración y extracción de fragmentos, desmontando totalitarismos, rompiendo los códigos proteccionistas y propiciando la evolución desde modelos retardatarios y militaristas a una especie abierta, desjerarquizada, desregularizada, realmente reticular.
[TEXTO] Jaime Luis Martin
[CORE WARS]
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario